Mi abuela

Hace más de un año que dejé de escribir en el blog. Llevaba ya un tiempo pensando en recuperarlo pero no estaba segura  de cómo retomarlo.

En marzo ocurrió algo que afectó a mi familia paterna, y a mi especialmente me “movió el piso” que dicen en México: falleció mi abuela paterna.

El fin de semana pasado se celebró en España el día de Todos los Santos, y en México, un día después, el 2 de noviembre, el Día de Muertos, y yo quise recordar a mi abuela con un altar de muertos. Creo que, como homenaje, ahora es un buen momento para publicar este texto que empecé a escribir en marzo, y al mismo tiempo recuperar mi blog.

Escribir sobre ella, mis recuerdos, me parecen un buen homenaje, pues ella fue una de las personas que se leyó todo lo que publiqué y que más lo disfrutó. Supongo que el orgullo de leer lo que escribía su nieta mayor, aunque no fuera muy bueno, conocer su vida a 10 mil kilómetros de su vida diaria, y recordar que su marido también escribió durante mucho tiempo, de alguna manera le producían gran satisfacción.

Esto es lo que escribí en el avión de camino a España para despedirme de ella, y luego he completado en estos días:

“Voy camino de Madrid (luego a Valladolid) desde México para despedirme de mi abuela.

La madre de mi padre, pero sobre todo nuestra abuela. María Petra Astorga Álvarez.

Mujer menuda físicamente y a medida que pasaban los años iba menguando un poquito. Pero fuerte, muy fuerte. En lo físico recuerdo su visita en el día en que podían pasar a vernos las familias en un campamento en Pineda (Sierra de la Demanda en Burgos). Subimos a comer al merendero, que está en una pendiente de hierba y árboles. Bajando, caminábamos en paralelo mi padre, ella y yo. Y de repente la perdí de vista de mi lado. Sólo oí un “¡ay!”, bajito, sin más aspavientos. Cuando me giré la vi sentada en el suelo. Se había roto los huesos del tobillo y su pie se quedó colgando, sujeto sólo por los tendones. Mis padres se la llevaron al hospital, recostada en el asiento de atrás del Chrysler Voyager, con mi madre sujetándole el pie.

Y ella ya llevaba varios tornillos en un hombro que le pusieron tras tener un accidente de coche que tuvo con mi abuelo. Unos tornillos que con el paso del tiempo le producían más dolor en el brazo, que podía mover cada vez menos.

Pero sobre todo fuerte, muy fuerte mentalmente. Era de trato suave, cariñoso, agradable, quizás a veces complaciente. Mi madre ha recordado hasta el final que cada vez que la veía, con una sonrisa, le decía “qué guapa estás, Mariví”. Pero al mismo tiempo, tuvo la fortaleza de estar casada más de 30 años con un psiquiatra genio y enfermo, que conforme avanzaba la enfermedad se volvía más malhumorado y difícil. De cuidarle en juventud, tener 4 hijos con él, ser su secretaria, aprender de medicina (aunque ella fue Premio Extraordinario de Historia en su año) y aguantar a los locos que mi abuelo llevaba a comer en casa en Navidad, una versión sui géneris del “pon un pobre en tu mesa”.

Leí en un artículo, que mi abuelo se había casado, algo mayor para la época, con Mª Petra, la mujer que amaba. Tengo guardado ese artículo, claro, y me alegra saber que la quería. Porque con los años mi abuelo fue enfermando y su carácter volviéndose difícil, se fue agriando. Y ella estaba a su lado, cuidándole. Recuerdo oírle a ella contar esta historia: mi abuelo, entre otras cosas, padecía una diabetes severa, pero le fascinaban los merengues, bien llenos de azúcar. Ella de vez en cuando le llevaba uno de alguna pastelería de Valladolid, y decía “ya sufre suficiente, y comer uno de estos le hace más feliz que el mal que le pueda hacer, así que, qué más da”.

Durante años le cuidó, le hizo de enfermera. En los últimos años mi abuelo ya no podía levantarse de la cama y le pusieron una cama de hospital en la habitación de matrimonio (en la que siempre habían dormido en dos camas pegadas); ella se fue a la habitación de al lado. Mi recuerdo más impactante de esos días era oír silbar a mi abuelo en medio de la noche y a ella levantarse inmediatamente a ver qué necesitaba.

En esa casa, en Independencia, 5, 1º dcha., en Valladolid, la recuerdo levantada muy pronto, siempre oyendo la SER. Tengo grabada esa sintonía, la escucho hoy y sigo pensando en ella, nunca se perdía a Gabilondo. Yo oía la sintonía y la señal horaria a las 8, y me levantaba a verla a la cocina. Ella siempre me decía “qué haces levantada, es muy pronto”, y me mandaba de vuelta a la cama.

Siempre tenía Nocilla para nosotros, y nos daba de merienda pan de molde con la Nocilla. Sabía que sólo lo comíamos allí y nos daba el capricho, cómo me gusta ese sabor del pan de molde con la crema de chocolate.

Se ocupaba de su marido y de sus nietos. Mi hermano y yo nos quedábamos en verano con ella, nos dejaban mis padres cuando hacían sus viajes por Europa, siendo muy niños.

También recuerdo los cortes de helado. Las barras de helado de las que nos cortaba un pedazo y lo ponía entre dos galletas. No lo he vuelto a comer así desde entonces, pero cómo me gustan las galletas con el helado. No lo sé bien, pero imagino que las dos cosas las compraba en la tienda de la calle Muro, a la que iba siempre. La de veces que bajé yo con ella a encargar todo lo que necesitaba, que luego se lo subían a casa, se lo entregaban por la puerta de la cocina, la de servicio. Y de esa cocina recuerdo también los Bitter Kas guardados en la despensa, le encantaban, y siempre me daba un traguito, ¿será por eso que me gustan ahora?

Pasé varios veranos con ella, con mi abuelo y con mis tíos y claro, con mis primas Ana y María, parte de mis vacaciones. Íbamos a Loredo, un pueblito de Santander donde primero mi abuelo, y luego mi tía Isabel y mi tío David alquilaban un chalecito. Y también algún año en un pueblo de al lado de Valladolid. De ese verano recuerdo ver con ella, sentadas en sillas en el jardín, la telenovela “Agujetas de color de rosa”… si lo mexicano ya me venía a mi de lejos.

Luego se fue haciendo mayor, pero ella siguió disfrutando de los nietos, también de  las dos que llegaron muchos años después, Luisa y Victoria. Iban con ella los viernes a comer y a bañarse en la piscina de la nueva casa donde se mudó con mi tía Ana. A ellas las consintió como a nosotros, con sus bocadillos de Nocilla, y ahora también con mini – helados que tenía siempre guardados en el congelador.

Creo que siempre le gustó el chocolate, pero a medida que se iba haciendo mayor su gusto aumentó. Cómo disfrutaba una pastilla después de comer, y sobre todo un helado doble chocolate en verano.

Y seguí yendo con ella de vacaciones, porque cuando ya no podía irse ella por su cuenta, vino varios veranos con nosotros a Mallorca. Creo que esos veranos los disfrutó mucho, le gustaba la playa, el agua clara, tranquila, fácil para nadar y no caerse por la fuerza del mar, y le gustaba comer bien. Siempre pasó mucho más calor que en sus vacaciones de toda la vida en el norte, en el Cantábrico, pero estaba feliz de pasar unos días fuera de casa con su hijo mayor, mi tía Ana y nosotros.

Ella nació en Valladolid … pero se sintió de muchos sitios. De Aguilar de Campoó, donde pasó parte de su infancia, incluso la guerra, pues el tío Tomás, un tío suyo, fue alcalde por unos años del pueblo. Y también se sintió de Salamanca.

Así me escribe mi padre, Santiago Benito, su vida resumida:

En Zaratán, provincia de Valladolid, vinieron al mundo 3 hermanas hace muchos,  muchos años (no sé las fechas, pero ponte a final del siglo XIX). Se llamaban Asunción, Magdalena y Victoria Álvarez.

Asunción (La Tía) se casó antes de la guerra con Tomás de la Cruz Falcón (El tío Tomás), “emprendedor” de la época, y pronto se fueron a vivir a Aguilar de Campoó (Palencia), donde comenzó a trabajar en la Fábrica de Galletas Fontaneda. En ese momento era una pequeña empresa familiar y gracias a Tomás, que era el Gerente, se convirtió en lo que sin duda has conocido.

Asunción siendo muy joven, fue diagnosticada de cáncer de útero y fue tratada con la incipiente radioterapia de la preguerra. Al parecer funcionó muy bien, pero nunca pudieron tener hijos. A raíz de aquello, la pequeña de la familia, Victoria (La tía Vito), se fue a vivir con la pareja y en su casa vivió hasta el final, quedándose soltera.

La segunda hermana, Magdalena (la abuela vieja), se fue a vivir a Valladolid y se casó con un viudo que tenía una hija (esa es otra historia) y que se llamaba Isaac Astorga, mi abuelo, al que no conocí pues murió un año antes de que yo naciera. Mi abuelo era comercial, como se dice ahora, es decir, representante de Perfumerías Gal.

Tuvieron 3 hijos Magdalena, Isaac y María Petra (nació en 1925). Fue llamada así, cosa que ella odiaba, por nacer el día de San Pedro: 29 de junio.

Los tres niños pasaron muchos días de su infancia en Aguilar al cuidado de sus tías. Mientras el tío Tomás, en la postguerra o quizá en la guerra (de eso no estoy seguro), se convirtió en el alcalde (franquista) de Aguilar. No sé los años que estuvo en ese puesto, pero tengo entendido que bastantes.

Como no tenían hijos, y la tía Vito era soltera, estaban encantados de cuidar a los niños. Por eso todas las vacaciones escolares, antes, durante y después de la guerra, las pasaban en Aguilar. Tu abuela tenía muy buenos recuerdos de esa época. Ese fue el motivo por el que pensamos que era el sitio ideal para que pasara “toda la eternidad” en ese pueblo de Palencia.

Cuando la abuela (María Petra, Maripe) terminó el bachillerato, decidió estudiar Filosofía y Letras, que era una carrera muy femenina en aquellos tiempos en que muy pocas mujeres estudiaban y, desde luego, no lo hacían para trabajar después.

En esos mismos años, tu abuelo Santiago estudiaba Medicina. Y fue cuando se conocieron. Como verás, no es que se fueran a vivir a Valladolid, es que vivían allí. El abuelo había nacido en Pamplona de casualidad, pues su padre era maestro y estuvo “destinado” algún tiempo en el valle de Baztán, Navarra (la cuna del pueblo vasco, como sabrás). Enseguida volvieron a Valladolid y tu bisabuelo Epifanio fue director de la Escuela Normal. Es decir, de la escuela donde se formaban los maestros.

Anécdota: siendo yo médico en San Agustín, llegué a tener una paciente muy vieja, que era maestra y que se emocionó cuando le conté quién era mi abuelo (había sido su profesor).

No eran malos estudiantes. Los dos fueron Premio Extraordinario Fin de Carrera. Es como el premio al mejor de la promoción. Tu abuelo es que era muy listo y empollón, sin embargo la abuela siempre decía que el premio había sido porque era amiga de la hija del rector de entonces.

La abuela terminó la carrera en el año 48 y el abuelo que era un año más joven y su carrera más larga, terminaría en el año 50 o 51. El abuelo Santiago, al terminar los estudios, llegó a hacer una sustitución de un verano en Aguilar. Siempre contaba que le tocó un accidente de tren con muertos y heridos.

Se casaron en Valladolid en el año 1953, el 10 de agosto.

Vestida de novia el día de su boda
Vestida de novia el día de su boda

Mi padre había aprendido mucho con algunos cátedros famosos de la época, y se tuvo que buscar la vida. Se fue a Avilés (Asturias) y puso una consulta de análisis clínicos. Tu abuela, como era lo normal en la época, nunca se planteó trabajar en “lo suyo”, sino que lo que hizo desde entonces fue ayudar a su marido en la consulta y… quedarse embarazada, como era su obligación. A los 10 meses de la boda vino al mundo tu padre. Por eso presumo a veces de haber nacido en Avilés, pero tu abuela se vino a parir a Valladolid y a que la cuidase su madre.

Yo apenas viví unos meses en Avilés y nos trasladamos a Valladolid, donde mi padre empezó a trabajar en la Facultad de Medicina, de adjunto de Anatomía con el famoso profesor Gómez Bosque que después fue padrino de mi hermana Ana (la pasarela peatonal que cruza el río cerca de la casa de Ana, lleva su nombre).

Al año nació mi hermana Isabel. Dos años después nació mi hermano Alfonso.

Enseguida empezamos a ir a Aguilar con los tíos, casi siempre con mi madre. Primero yo, luego Isabel y yo, después se añadió Alfonso.

Cuando yo tenía 4 años, la abuela estaba embarazada de Ana. Estábamos aquel verano en Aguilar. A mí me estaban bañando. Empezaron a oírse gritos: ¡fuego! Recuerdo vagamente que salimos pitando. Yo iba envuelto en una toalla en brazos de mi tía Vito. Mi madre, embarazada de unos 6 meses, con Isabel. Nos cruzaron la carretera a casa de unos vecinos.

La casa se quemó. La fábrica de Fontaneda que estaba pegada, origen del fuego, sufrió importantes desperfectos. La tradición familiar dice que fue quemada adrede, no sé muy bien por quien, pero alguien de la familia Fontaneda,  con la intención de echar al tío Tomás.

Lo cierto es que los tíos se trasladaron a Salamanca y ni la abuela ni yo volvimos a Aguilar. El tío era “emprendedor” como te dije al principio y se metió en algunos negocios con unos amigos. Especialmente una tienda de ropa a la que íbamos a comprar cuando estábamos allí. No sé muy bien por qué se fueron a Salamanca, pero seguro que influyó que era donde vivía mi abuela Magdalena (madre de Maripe), con su hija Magdalena (hermana de Maripe).

La abuela vieja, Magdalena, antes vivía con nosotros (o mejor, nosotros vivíamos en su casa de Valladolid), hasta que nació Dolores, mi prima. La tía Magdalena estuvo a punto de morir y se quedó muy debilitada y mi abuela se fue a cuidarla.

Desde que los tíos se fueron  a Salamanca empezamos a ir mucho, las vacaciones las pasábamos allí. Teníamos mucha relación con la tía Magdalena, el tío Pepe (su marido) y las niñas a las que conoces: María, Magdalena y Dolores. Siempre íbamos a casa de los tíos y a jugar a “la otra casa”, que era como llamábamos a la casa de las niñas.

También íbamos con nuestros padres muchos domingos.

Yo conocí a todos ellos, fui la primera nieta, y tengo recuerdos de la abuela vieja con el pelo blanco en su mecedora en la casa de Salamanca. Y por supuesto recuerdo a la tía Vito tanto en su casa de Salamanca (la que compartió con la tía Asunción y el tío Tomás), como en Valladolid, en casa de mi abuela, con quien iba a pasar grandes temporadas en verano. En la terraza de la calle Independencia cuidaba para la abuela varios tiestos de peonías.

Dice mi padre que Maripe decía que su Premio Extraordinario de Final de Carrera fue por su amistad con la hija del rector, pero recuerdo todas las navidades de mi vida jugando al Trivial primero en su casa y luego en las de mis tíos. Ella podía jugar contra todos, conocía las respuestas de todo, ¡hasta las de fútbol, al que era medio aficionada! Todos moríamos de la risa cuando a ella simplemente se le escapaba la respuesta a la pregunta de la tarjeta, aunque no le tocara a su equipo.  Leyó toda su vida como una verdadera rata de biblioteca, casi hasta el final, incluso en e-book, más fácil de sostener sin fuerza. Y de todas esas lecturas y su carrera de Filosofía y Letras, sacó toda su sabiduría, que le daba vergüenza presumir.

Tengo muchos momentos más en la cabeza pasados con ella, anécdotas, como cuando yo tenía unos meses y estaba aprendiendo a andar en su casa y me apoyé en el horno y me quemé las palmas de las manos sin que ella se diera cuenta. En seguida me despegó y cuentan mis padres que tenía el mayor disgusto de su vida. Sin razón, porque ni mis padres se enfadaron, ni ella hizo nada malo. ¡Cómo me cuidaba!

Resumir una vida tan larga, murió con 87 años, y tan VIDA, pues la vivió y disfrutó a tope, es difícil. Sirvan estas casi seis páginas para decir que me acuerdo de ella, la echo de menos, y así será siempre.

Ab Maripe vida

“A mi abuela pequeñita

La Calaca vino a verla

Ella ,cariñosa le dio una florecita

Y la muerte sólo pudo quererla.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s